Adolfo Sánchez Vázquez

Por Fernando Belaunzarán

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Conocí a Adolfo Sánchez Vázquez cuando el Muro de Berlín caía a pedazos vueltos suvenires de una época que llegaba su fin. Para él, lo que se venía abajo era una impostura, el adefesio construido por la adulteración criminal de un proyecto libertario que se apartó de sus ideales y, por supuesto, del pensamiento de Marx al que de manera ilegítima apelaban como inspiración. Llevaba no pocos años denunciando a esas sociedades como dictaduras burocráticas que sin exculpar al capitalismo de sus terribles males, comprometían la posibilidad de hacer realidad una diferente y mejor, aquella por la cual nunca dejó de pelear sin engañarse de las dificultades que la situación implicaba. A contracorriente resistía, con brillantez, agudeza y rigor, y de la misma manera contraatacaba.

Desde el primer momento, en las conferencias o en su clase de “Problemas de Estética”, me llamó la atención su intensa vena polémica. Don Adolfo siempre debatía, siempre tenía enfrente a otras doctrinas, posiciones, ideas con las cuales contrastar las suyas. Quizás ahí estuvo el secreto de su éxito, porque ni siendo ya un filósofo maduro y consagrado dejó de tener un pensamiento abierto y dinámico. Su rompimiento con la ortodoxia, proceso paulatino que para él no fue

sencillo, lo convirtió en un pensador que como nadie cumplía las dos exhortaciones de Marx: “dudar de todo” y “criticar todo lo existente”. Como debe ser, el mismo Marx no se salvó del filo fino de su crítica. Defendiendo el proyecto

emancipatorio, cuestionaba el teleologismo, determinismo y progresisismo que contenían la obra del filósofo alemán y afirmaba, entre otras cosas, que el proletariado ya no podía considerarse el único “agente de la historia” para cambiar de sociedad. Sánchez Vázquez era un marxista antidogmático y a sus alumnos nos transmitía esa convicción radicalmente crítica.

Cuando se inauguró la Cátedra del Exilio Español, en 1991, cometí un acto anticlimático. Protesté en el evento solemne con una pancarta por la participación de España en la Guerra del Golfo Pérsico, pues estaba el Embajador Español en el presídium. Recuerdo que Octavio Paz llegó a pensar que él era el aludido porque con una sonrisa pletórica se puso sus lentes para leer con atención la cartulina. Lamenté decepcionarlo. Pero Don Adolfo, al cual todavía no trataba más allá de su clase, me llamó unos días después al terminar su cátedra. – ¿Es usted el de la pancarta?  –Sí, Maestro  –Lo felicito, muy claro y respetuoso su mensaje, lo comparto.

Sánchez Vázquez pasó del destierro al transtierro. Los años zanjaron ese debate con José Gaos. En México se casó, nacieron sus hijos y nietos, y forjó su pensamiento, pues llegó muy joven, tan sólo con 23 años. El conflicto de los comunistas exiliados con el Partido Comunista Español tuvo la afortunada consecuencia de que dejara el activismo para estudiar Filosofía y escribir su obra, dejando atrás la poesía. Su vena polémica lo llamaba a prepararse para el debate político y teórico. Nunca dejó de manifestar su agradecimiento a Lázaro Cárdenas por abrir las puertas del país a los exiliados cuando tenían como perspectiva los campos de concentración en la Francia del Frente Popular y a la Universidad Nacional Autónoma de México por la posibilidad que les abrió para desarrollar y difundir su pensamiento en libertad.

Como muchos, soy deudor de Adolfo Sánchez Vázquez, quien de su tragedia personal que lo obligó a dejar su tierra, de, cómo él escribió, estar “desgarrado”, “no estar allá ni acá”, pudo rehacer su vida en condiciones muy difíciles

(sostenía a su familia de traducciones de obras en ruso) y darnos una obra grandiosa. En alguna ocasión me contó que hastacomprar un colchón era visto por algunos exiliados como “caludicación”, pues eso significaba que se estaba dudando de regresar a la España liberada del tirano, el cual acabó manteniendo el poder cerca de 40 años. Por cierto, recuerdo una frase suya, dicha en los tiempos del conflicto zapatista, pugnado a favor de una “paz con justicia y dignidad”: “Sólo puede querer una guerra civil, aquel que no ha vivido una”.

Transformar al mundo, la tesis XI sobre Feuerbach, fue su pasión vital. La Filosofía de la praxis responde a ella. Retroalimentación entre teoría y práctica para construir una sociedad más justa, libre y democrática. Y es que para Adolfo el socialismo significaba mayores libertades y democracia que las que se pueden dar en el capitalismo. Explicaba el origen del desvío: “En nombre de la democracia directa, los bolcheviques despreciaron la democracia representativa y se quedaron sin una y sin la otra”. Y luego Stalin instaló una dictadura que desfiguró por completo el proyecto emancipatorio de la Revolución Rusa. En uno de tantos homenajes que se le hicieron, Luis Villoro afirmó que “todas las revoluciones terminan traicionando los ideales que las inspiraron”.  No se puede celebrar a Sánchez Vázquez sin debate. Le gustaba parafrasear a Ortega y Gasset quien decía que “la claridad es la cortesía del filósofo” con una que lo retrata muy bien: “la crítica es la cortesía del filósofo”. Don Adolfo era cortés por ambas vías.

Sánchez Vázquez era un polemista implacable. Agudo, certero, contundente, filoso, elocuente. Su examen profesional fue, según sus palabras, “una batalla campal de ideas”. En el Encuentro Vuelta fue un aguafiestas genial en la misa de cuerpo presente que le querían hacer al marxismo, en el Che Guevara lo vi llevándose la tarde de visitante frente a intolerancia y el purismo del discurso “ultra” que ve en la negociación un acto de “traición”.

No está de más recordar que Adolfo Sánchez Vázquez era un hombre bueno, generoso, sencillo, honesto, congruente. Su vida y obra representan toda una época que ya se fue, pero también un puente para entender la que hoy vivimos. Su pensamiento está vivo y vigente. Frente al sectarismo, la intolerancia, el caudillismo que regresan por sus fueros, la visión rigurosa de un marxismo abierto, humanista, antidogmático, libertario, democrático, dinámico, crítico de Sánchez Vázquez es una fuente fresca y necesaria para que la izquierda abreve. ¡Que así sea! ¡Hasta siempre querido Maestro!

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