Aaron Swartz* (1986-2013)

Una vida, lo que un sol, vale.
Jorge Drexler.

Por Iván Martínez**

Ha pasado más de una semana desde la triste partida de Aaron Swartz y una sensación de dolor e injusticia pesa por los muchos actores de la cultura libre, este fenómeno contemporáneo que reivindica la libertad como valor elemental de acción, apoyada por la rapidez que los rieles de la tecnología actual le permiten y la facilidad del intercambio de productos culturales a nivel global.

El actual armazón de la cultura libre necesita quien trabaje por lograr su viabilidad y funcionamiento técnico. Aaron fue un trabajador por el bien común que dio pasos certeros y trascendentes dentro de esta vía desde temprana hora en su corta existencia. Cofundador de la red social Reddit, participante en el desarrollo de la tecnología de sindicación de contenidos RSS a los 14 años, colaborador en la concepción de la estructura legal de la licencia Creative Commons –eje fundamental del fenómeno contemporáneo de lo libre–, wikipedista con cerca de cinco mil ediciones, candidato al Comité de Administración de la Fundación Wikimedia, colaborador en la liberación de contenidos para acceso abierto y como último paso, actor definitivo en la cancelación de los proyectos de ley SOPA y PIPA hace un año, lo que canceló dicha pretensión y puso en la consideración social y sobre la palestra de los medios de comunicación de forma considerable, la conciencia sobre un Internet libre. Swartz llevó a la praxis un espíritu de libertad y apertura con una pasión meticulosa en esta nueva Biblioteca de Babel, ésa que es nuestra contraparte, memoria y repositorio de lo que construimos a diario como humanidad.

Un triunfo construido por ciudadanos, el primero que tuvo a Internet como protagonista y como vehículo de acción para su propio término como iniciativa en el Congreso de los Estados Unidos, pero que puso al descubierto un enorme poder fáctico con pretensiones claras en la defensa de los intereses detrás de las industrias culturales y del entretenimiento, capaces de influir hasta en los encargados de legislar el bien común.

Poco después, Aaron fue detenido por la justicia estadounidense acusado de diseñar un script que presuntamente bajó en sus equipos una cantidad millonaria de archivos académicos desde la biblioteca digital JSTOR, una de las más conocidas. Por el pago de una fianza de 100 mil dólares, Swartz pudo llevar por varios meses el proceso en libertad. Pese a que JSTOR no presentó cargos contra Swartz, la fiscalía estadounidense siguió el caso contra Aaron con cargos descomunales: 35 años de cárcel y una multa de un millón de dólares. Hoy testimonia la propia defensa legal del activista la cerrazón ante los argumentos de no ejercer una sentencia descomunal como la planteada, sustentada en la Ley CFAA de 1986.

El pasado 11 de enero, Swartz decidió quitarse la vida en su apartamento en New York. Las hipótesis detrás de las causas que llevaron a Aaron son en principio, engañosamente previsibles dado el impacto de sus acciones y la cantidad de personas que estaban imbricados en su red personal. Con el paso de los meses, quizá gracias a Wikileaks -un proyecto con el que Aaron tuvo contacto y que amplía las líneas de investigación actuales- sabremos poco más sobre las causas y las condiciones del fallecimiento del activista.

Lo cierto es que Aaron Swartz pagó con su propia vida las consecuencias de una persecución que tenía como encabezado “El pueblo de Estados Unidos vs…” por haber cometido una presunta falta con materiales académicos que nunca fueron publicados en ningún sitio, por tanto, no liberados y además, devueltos. Que son protegidos por leyes de derecho de autor más cercanas a las que defienden a la industria del entretenimiento, y que hasta épocas recientes no habían demostrado un carácter punible y que solicitaba para uno de sus enemigos una pena semejante a la de un terrorista. No son pocos quienes pensamos que detrás del castigo pedido a Aaron había una clara intención de escarmiento, equiparable a esas sanciones millonarias en varias partes del orbe por bajarse algunos discos.

¿Valdrá la pena el sacrificio de Aaron como medida de mesura ante quienes criminalizan el compartir conocimiento académico aunque buena parte de su sustento económico provenga de fondos públicos? La respuesta me remite a la retractación de Galileo en un tribunal de Roma en el siglo XVII por un montón de números y letras que al final fueron evidencia que casi le quitan la vida a una de las mentes más prodigiosas que la humanidad ha conocido y que le confinó al arresto domiciliario. Pienso también en el tesón implacable de Giordano Bruno y un triste Campo da Fiori que le vio arder, por un cúmulo de (brillantísimas) reflexiones que le costaron la existencia. Cosas que en la óptica coyuntural de sus fiscales parecieron criminales, pero que la historia a contrapelo –Benjamin dixit– le reivindicó a un pináculo entrañable en la historia del pensamiento humano.

Por ello la partida de Aaron es un hecho que nos motiva, entre otras cosas, a poner sobre la mesa la importancia del acceso abierto en nuestros acervos académicos. Son muy pocos los esfuerzos, aún, que tienen a la UNAM como magnífica vanguardia en la conciencia de que más obstáculos en los repositorios llevan a la estantería o a los servidores a alojar valioso conocimiento a dormir el sueño de los justos. La sociedad mexicana necesita además de conocimiento, vehículos que garanticen su accesibilidad.

* La foto de Aaron Swartz está basada en una imagen de Jacob Applebaum vía WikimediaCC-BY-SA 3.0
**Iván Martínez es historiador, wikipedista y actualmente presidente de Wikimedia México.

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